lunes, 3 de mayo de 2010

Pobre Carmela

Devolverle a la Carmela
Lo que perdió en el camino
Pobrecita no lo encuentra
Le duele haberlo perdido.

No sean tan duros con ella
Ni tampoco tan mezquinos
Busquen que quizás lo tengan
Pobrecita ni ha dormido.

Tampoco se hagan los sotas
Señores y señoritos
Todos saben de quien hablo
Si Carmela es lo que digo

No es de una monja por cierto
Es de alguien con recorrido
O acaso alguno no anduvo
Alguna noche en el río.

Ahora sí, si me disculpan
Caballeros yo les pido
No den la espalda a Carmela
No sean desagradecidos

Devuélvanle a la Carmela
Lo que sea que ha perdido
Y déjenla pobrecita
Que siga hacia su destino

lunes, 26 de abril de 2010

Cuchillo

Cuchillo,

ni el calor

en que fuiste forjado

templó tu acerada alma fría,

la sangre

no corre en tus venas,

se desliza

a través de tu hoja.

Tu filo estremece,

perturba

y al mismo tiempo atrae,

seduce.

Tu fálica punta

ferviente,

agrede, penetra,

inicia el corte

profundo,

que abre, divide,

la tierna rodaja jugosa

de sus otras hermanas,

aún expectantes

por tu frío abordaje.

Manchada tu hoja

respira,

anhelante

de calor de carne.

Vibra el puño

que te empuña,

siente tu deseo urgente:

hundir otra vez

tu figura de acero,

en la gruesa capa

adobada

de su crocante piel.

Es tu fiesta, sin dudas

cuchillo,

la parrilla reluce,

atestada

de carnes cautivas

que esperan

ansiosas,

entregarse completas,

al yugo febril

de tu filo.

jueves, 22 de abril de 2010

Observador

La cortina cae mansa

El sillón duerme tranquilo

Una silla enhiesta espera

Un libro sufre el olvido

La lámpara aspira el polvo

un cuadro los mira altivo

la mesa sueña el banquete

un cajón sigue escondido

la tele grita colores

el reloj marca el camino

y yo, simplemente observo,

los juegos que hace el destino

con todo tipo de objetos

en la casa donde vivo.

lunes, 12 de abril de 2010

Confusión

El cuadro colgaba inerte
en la pared blanquecina,
sus trazos me demostraban
una emoción muy sentida.

La paleta no era triste
ni te daba alternativas,
de allí manaba su fuerza
sin verdades ni mentiras.

Algo ocultaba ese cuadro,
algo había en esa herida.
Pero por más que buscaba
no entendía la misiva.

Quiero seguir mi camino
pues quítateme de encima
no llames más a mis ojos,
yo ya perdí esta partida.

domingo, 7 de febrero de 2010

Crónica de un largo viaje

Pedro nació en una caverna, sus padres lo tuvieron como pudieron –ya que nadie les había enseñado cómo hacerlo– en medio de la semi oscuridad y el frío.

Un día, un accidente fortuito hizo que su padre encontrara una forma de producir calor para las frías noches, y a su descubrimiento le llamó fuego. Resultó pues, que este fuego pronto sirvió para otras cosas, como por ejemplo, darle más sabor a la comida, o iluminar las largas noches dentro de la caverna. Mientras tanto, Pedro crecía aprendiendo de sus padres todo lo que podía, y lo hizo muy bien. Una vez adulto, Pedro logró desarrollar sus habilidades manuales y mentales, hasta el punto de crear utensilios que hicieron su vida más fácil, al tiempo que lograba comunicarse con sus iguales mediante un método que más adelante llamaría lenguaje.

Pedro creció, conoció una compañera, se apareó y tuvo hijos; éstos siguieron los pasos de su padre, y crearon todo aquello que les fue posible, inclusive, un día fueron capaces de enterrar una semilla en la tierra y regarla con agua del río, teniendo la certeza de que al tiempo, ésta crecería brindándoles un fruto que podrían cocinar utilizando el invento de su abuelo. ¡Qué bien progresaban los hombres!

Uno de los hijos de Pedro era muy inteligente, y pronto se dio cuenta de que al otro lado del río, no tenían los mismos frutos que tenían ellos, pero sí tenían otros que, hasta ahora, ni él ni sus hermanos habían logrado cultivar. Entonces, tomo su balsa –que tiempo antes había inventado otro de los hijos de Pedro, muy dado a las manualidades y a los inventos– y cruzó el río llevando consigo una cantidad de sus frutos que no necesitaban. Habiendo llegado, intercambió ideas con el jefe de la tribu vecina –así se habían bautizado a sí mismos: “tribus”– llegando pronto a un acuerdo con éste, y volviéndose luego, muy feliz para su tierra con una buena cantidad de frutos, obtenidos mediante lo que gustó en llamar “intercambio”.

Pedro estaba orgulloso de sus hijos, y no crean que ya estaba retirado, no. Viendo el éxito de las gestiones de su hijo al negociar con sus vecinos, decidió que era tiempo de organizar la tribu de forma tal que pudiera expandirse más allá de sus tierras. En esos momentos, bajo la sombra de algún árbol propio del lugar, Pedro cerró sus ojos e imaginó lo que luego se transformó en realidad.

Colocó a sus hijos al frente de distintas actividades, por supuesto, todas ellas elegidas de acuerdo a sus habilidades, y así fue que el hábil constructor quedó al frente de la construcción de una flota completa de barcos, que una vez construidos, estuvieron al mando del hijo embajador, su hija mayor pasó a llamarse granjera, pues obviamente estaba al frente de la producción agrícola, otro de sus hijos se encargó de administrar todo aquello que el hijo embajador traía a su patria desde otras tierras, etc., etc.

Y fue así que la patria de Pedro fue transformándose en una gran nación, no solo respetada en todas partes, sino también temida; porque su hijo mayor, que no solo era grande en edad sino también en fuerza física, logró crear un ejército tan grande y fuerte, que todos aquellos que debían enfrentarlo preferían rendirse ante sus pies.

Al ver la fuerza y el respeto que inspiraba el ejército del primogénito, el hijo embajador decidió aprovecharse de la situación y utilizar la fuerza del ejército, con el fin de conseguir todos aquellos productos y riquezas que algunas tierras se habían negado a comerciarle. Fue así entonces, que el hijo constructor desarrolló un nuevo tipo de barcos en los que los fieros guerreros del primogénito fueran invencibles también por mar.

El tiempo pasó, las generaciones herederas del imperio de Pedro continuaron aprendiendo muy rápido, y así, fueron creando otras formas de negocios, otras construcciones, otros ejércitos; cada vez más eficaces, cada vez más terribles, cada vez más grandes.

Los descendientes de Pedro eran conscientes de su capacidad, tanto así, que en el fondo hasta se creían indestructibles. Y fue esta actitud la que les permitió descubrir nuevas fuentes de energía por ejemplo, que no solo hacían su vida más fácil, sino que también representaban grandes ganancias para sus familias, y emprendieron su desarrollo con todas sus fuerzas y con toda su capacidad, sin importarles las consecuencias futuras de sus descubrimientos. Así y todo, fue un verdadero éxito. El planeta entero se movía con esta energía, y la gran familia de Pedro era realmente feliz. ¡Qué linda es la vida en este planeta!, decían.

Algunos herederos de Pedro realmente llegaron a destacarse, a tal punto de que muchos de ellos pudieron viajar a la luna; esa bola brillante que aparecía en algunas noches, y que Pedro nunca supo cómo llamar. Otros, crearon máquinas que comunicaban a unos y otros a través del planeta; los hubo también médicos, ingenieros, escritores, cineastas, científicos, deportistas; todos ellos muy capaces, muy inteligentes y muy creativos. Seguramente Pedro estaría orgulloso de su descendencia y donde quiera que estuviese, seguro estaría sonriendo al verles tan capaces.

El tiempo continuó transcurriendo y algunas cosas comenzaron a no ser tan gratas; surgieron enfermedades que los brillantes herederos médicos no supieron cómo curar, empezaron a haber desastres ecológicos y a raíz de estos, terribles alteraciones meteorológicas que los herederos meteorólogos no supieron cómo predecir, ni los herederos gobernantes supieron cómo solucionar. Y ante la ola de cosas desagradables, algunos de los herederos, que eran bien conscientes de sus actos, no tuvieron mejor idea que solicitarle a sus familiares constructores que les crearan vehículos blindados para trasladarse, mientras contrataban a otros herederos encargados de la seguridad para que los protegieran.

La cara de Pedro, donde quiera que éste estuviese, ya no era tan alegre, al final resultaba ser que algunos de sus descendientes no eran tan buenos, ni la vida en el planeta tan placentera y feliz como parecía, al menos para la mayoría. Entonces, decidió investigar a fondo para evaluar la situación actual del planeta, y poder saber de primera mano qué tal se había portado su descendencia en su ausencia. Y fue así que Pedro, a su manera, emprendió un viaje a lo largo del planeta para ver todo aquello que su gran familia había creado.

Al final del viaje se veía demacrado, sus conclusiones eran peores de lo que esperaba. No todos sus descendientes eran malos, ni malintencionados; pero lamentablemente éstos, que eran la gran mayoría, estaban dominados por los otros, no tan buenos, que siendo una pequeña minoría, se las habían arreglado para someter a sus “iguales”, condenándolos a la pobreza, al hambre, a la falta de educación y de posibilidades, y lo que es peor, a las enfermedades provocadas por sus excelentes “negocios”.

No caben dudas de que Pedro jamás hubiese imaginado un destino así para su gran familia; no fue ese el sueño que una vez tuvo bajo la sombra de aquel árbol en su tierra. Y pensó: ¿cuánto dolor hay en el planeta? ¿Cuánto sufrimiento?

Reflexionando acerca del paso del tiempo y del camino que siguió su descendencia, Pedro se preguntaba ¿por qué había ocurrido todo esto?, ¿en qué momento se había producido aquello que disparara la conciencia del hombre para llevarlo a semejante destino?

Fue así que recordó una imagen que tenía guardada en lo más profundo de su memoria. Estaba sentado contra la pared de la caverna en la que vivía con sus padres, observando cómo su padre golpeaba dos piedras una contra otra, cuando un destello de luz –al que luego llamó “chispa”– encendió unas hojas secas que estaban debajo, produciendo aquel milagro luminoso que su padre llamó fuego y que a la postre fue el verdadero disparador de toda la evolución del hombre. Recordar esto, hizo que Pedro volviera a revivir las imágenes producidas por su reciente viaje, al mismo tiempo que en el fondo de su pensamiento se repetía, una y otra vez, la misma pregunta: ¿Realmente hemos evolucionado?

miércoles, 22 de abril de 2009

52 metros

Me desperté cuando el sol de la mañana dio de lleno en mi rostro. No había dormido muy bien. En realidad, hacía ya un tiempo que no sabía lo que era dormir bien. Me senté en la cama y mientras me restregaba los ojos con los dedos, comencé a recordar aquella tarde cuando, siendo un niño, mi abuelo me había enseñado a empuñar una Smith & Wesson calibre 38 especial. En aquel momento, me había parecido muy pesada; más adelante, pensaría todo lo contrario.

Recordaba también, los días enteros en la orilla del río, arrojando piedras a enemigos imaginarios, en duras batallas que existían tan solo en mi mente, pero que, aún hoy, cuarenta y tantos años después, veo con total nitidez.

Trato de encontrar alguna imagen de mis padres, pero no lo logro. Tan solo aparece la cara de mi abuela, dormida en su silla mecedora, con su Biblia entre las manos.

Me levanto despacio. Mientras me pongo la camisa, pienso en Luisa. Quien a los trece años me regaló, sin saberlo, mi primer beso. Ahora recuerdo cuánto me había preparado para ese momento, días y días imaginando con quién sería, mas nunca hubiese imaginado que sería ella, no porque no me gustara, sino, porque ella era la hermana de Nelson, mi mejor amigo.

Con Nelson éramos como hermanos. Pasábamos todo el día juntos, no había secretos entre nosotros, tan solo con mirarnos podíamos adivinar que pensaba el otro.

Un día, estando en el dormitorio de Nelson, mientras este se duchaba, entró Luisa. Era un año y medio mayor que nosotros. Caminó hasta mí, sin emitir sonido tomó mi mano, la puso sobre su rostro y guiándola suavemente, describió una caricia. Jamás había imaginado que una piel pudiese ser tan suave. Luego posó sus labios en los míos, en un contacto que me despertó sensaciones nuevas, pero nada comparadas con las que sentí cuando ella, besándome, hizo chocar su lengua con la mía, iniciando un juego que hasta hoy puedo sentir en lo más hondo de mi ser.

La humedad de una lágrima me hizo volver a la realidad, la sequé y terminé de abrocharme la camisa.

Mientras me calzo los zapatos, me acuerdo de la última vez que vi a Nelson. No fue un buen día. Nelson, mi amigo, mi hermano, no lograba entenderme.

Poco a poco habían aparecido algunas diferencias entre nosotros. No lo culpo, más bien lo comprendo. El alcohol y las drogas estaban haciéndome daño, pero no podía verlo. No en ese momento, en el que todo parecía tan normal. Para mí, era él quién estaba equivocado. No me importaba que se fuera. Que me dejara tranquilo y que no se metiera más en mi vida era lo único que me importaba. Bastante tenía yo con mis problemas, como para tener que escuchar todos los días los sermones de quien no tenía la más puta idea de qué me estaba pasando.

Qué estúpido fui. ¿Por qué mierda no pude abrir los ojos a tiempo y evitar una vida de desgracias?

Llorando de rabia, me puse a esperar que Juan viniese a buscarme.

Ayer, Juan también me pasó a buscar para acompañarme al jardín. Hacía mucho tiempo que no salía. Cuando estuve fuera, quise absorber todo cuanto mis ojos veían y cuanto mis oídos escuchaban. Nunca el cielo me había parecido tan hermoso, ni el canto de los pájaros tan melodioso.

Fui a sentarme solo, al pie de un viejo árbol. Mientras tanto, Juan me esperaba en la puerta. Allí, no pude dejar de ver cuan poco había disfrutado mi vida, las drogas y el alcohol habían hecho estragos en mi cuerpo y mente.

Muchas veces, ni siquiera me reconocía a mi mismo. Una ola de odio y desesperación me incitaba a descargarme contra todo ser que tuviera la mala suerte de cruzarse en mi camino. Cuántas veces desperté dentro de una celda, pero el arrepentimiento me duraba solo hasta que la ansiedad me llevaba a consumir de nuevo. Ya no podía ser feliz, no había tiempo. Había tirado mi vida por el inodoro.

Me levanté resignado, para volver con Juan que seguía recostado contra el marco de la puerta.

Es la hora. Juan llegó puntual, como siempre. Con su pelo peinado a la gomina. Se puso a mi lado, en silencio. Mejor así, hoy no tengo ganas de hablar, solo quiero recordar. Estoy melancólico pero tengo mis razones, y vaya si son válidas.

Estamos a unos cincuenta metros de la puerta, camino despacio, muy despacio, casi como queriendo frenarme en el tiempo. Una nueva lágrima corre por mi mejilla, pero no quiero secarla, es de arrepentimiento. La dejaré vivir su existencia, libre, corriendo por mi piel en busca de alguna imperfección que la deje caer al vacío.

Estoy arrepentido de todos mis errores. Pero, ¿de qué sirve el arrepentimiento? Aquí, hay que pagar por ellos. Y vaya si lo he pagado. Con años de sufrimiento, con años de soledad, con años de hacinamiento. Pero eso, a nadie le importa.

Llegamos a la puerta, Juan se adelanta para abrirla, me acompaña y me hace sentar a dos metros de allí. No estamos solos, de todas formas tampoco me importa.

De pronto siento una presión en las muñecas y los tobillos, y un frío húmedo me recorre la cabeza, bajando por la nuca hasta mi espalda. Hago el esfuerzo por recordar a mis padres, pero no lo logro. Tan solo un recuerdo manchado de rojo me llega a la memoria.

Lloro, lloro de arrepentimiento aunque sea tarde... muy tarde.

Un segundo después, las luces bajaron su intensidad debido a la descarga eléctrica. De un lado del vidrio, Juan se tragaba la tristeza de su horrible función. Del otro, Nelson lloraba la rabia de una justicia que nunca podría devolverle a su hermana.